La imputación a Hamlet Lavastida es mucho más cautelosa que otras, y de tan precavidos sus captores han incurrido en torpeza. El acusador puede modificar en cualquier momento del proceso la calificación delictiva, y «justificar su represión» con mayor gallardía. No obstante, esa premura al apresar, y solo después pensar en una imputación medianamente coherente, nos recuerda una vez más que la Seguridad del Estado es una bestia que actúa con la amígdala y ofrece poca participación al lóbulo frontal. Para seguir leyendo…
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