Norge Espinosa: Las batallas de la parametración / Memoria de un exorcismo inacabado

Archivo | Autores | 25 de marzo de 2025
©Padilla (a la izquierda), Norberto Fuentes y el teniente de la Seguridad del Estado Armando Quesada, quien pide la palabra para rectificar a Fuentes. José Antonio Portuondo totalmente a la derecha.

Aunque ya parezca mentira, hace 18 años el movimiento artístico y literario cubano se estremeció de una manera que acaso no muchos recuerdan. País de memoria corta y olvidos intencionados, aquella suerte de tsunami que hizo reventar los buzones de correo electrónico de muchas de nuestras personalidades, parece hoy un eco apenas, disuelto tras los encendidos debates que marcaron su inicio, y las conferencias del ciclo que en distintas sedes se organizaron tras aquel reguero de pólvora memoriosa.

El 5 de enero de 2007 la televisión cubana transmitió un programa llamado Impronta, concebido como una serie que retrataba a figuras relevantes de nuestro ámbito cultural, y su arrancada no pudo ser peor, al elegir como protagonista de esa emisión a un personaje de recuerdo siniestro: Luis Pavón Tamayo. Bastó su aparición en la pequeña pantalla para que ese adormilado movimiento se agitara, y desde la misma noche en que salió al aire aquella «impronta», comenzó el encrispado ir y venir de correos que pasaría rápidamente a conocerse como «la guerrita de los emails».

Para quien no tenga nociones que expliquen esa reacción y la onda expansiva que desencadenó, hay que recordar quién era ese hombre, al que el programa de televisión presentaba con palabras elogiosas, nada más y nada menos, que de Ernesto Guevara, extraídas de una dedicatoria estampada en un ejemplar de su libro de pasajes de la guerrilla. Nacido en Holguín, en 1930, Pavón desempeñó oficios humildes, hasta graduarse como abogado en la Universidad de La Habana. Se desempeñó como jefe de redacción y luego como director de la revista Verde Olivo, órgano de las Fuerzas Armadas Revolucionarias a partir de 1959. Y es desde ahí donde se escudó, según un secreto a voces, tras el seudónimo de Leopoldo Ávila, para fustigar a intelectuales y artistas a los que tachaba de desafectos, malcriados, sospechosos y poco comprometidos con el nuevo proceso político. Antón Arrufat, José Triana, René Ariza o Virgilio Piñera fueron algunos de los blancos predilectos de ese francotirador de antifaz tan poco disimulado. Todo ello creció a un grado más preocupante en 1971, cuando se le nombra presidente del Consejo Nacional de Cultura, cargo en el que se mantuvo hasta 1976.

Durante su mandato en esa institución ocurrió el quinquenio gris, según lo denominó el ensayista y crítico Ambrosio Fornet, que en realidad es mucho más que el periodo ahí enunciado. El malhadado quinquenio gris o decenio negro, como también se le llamó, fue la confirmación de una serie de regulaciones y mandatos extremos que limitaron, borraron y dañaron a muchos de los mejores talentos de nuestro país.

En estos años se consolidaron una serie de antecedentes que venían desde los inicios mismos del triunfo revolucionario, y que tuvieron diversas encarnaciones previas (polémica del documental PM, cierre de Lunes de Revolución, Depuración Universitaria, las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, cierre de Ediciones El Puente, acoso a los líderes de grupos tan respetados como Teatro Estudio o el Teatro Nacional de Guiñol, la incomodidad que provocaba el núcleo de la revista Pensamiento Crítico, etcétera). La premiación de obras acusadas de diversionismo (Los siete contra Tebas, de Arrufat; Condenados del Condado, de Norberto Fuentes; Dos viejos pánicos, de Virgilio Piñera, Lenguaje de mudos, de Delfín Prats o Fuera del juego, de Heberto Padilla) aceleraron una crisis, que no se resolvió con debate sino con mano dura.

Como ejemplos más visibles de esta estrategia represiva pueden citarse el encarcelamiento del propio Padilla y su esposa, y la posterior autocrítica de este poeta en la sala Villena de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en la noche del 27 de abril de 1971, coincidiendo con la celebración no muy lejos de allí de las sesiones del I Congreso Nacional de Educación y Cultura, clausurado por Fidel Castro el 30 de ese mismo mes.

Los olvidos convenientes

Una madeja muy densa se había tejido entre todos esos debates inacabados o acallados, y la solución a lo que se apuntaba en ellos se procuró como gesto ante el nudo gordiano. Culminado el mencionado Congreso, Luis Pavón emergió como presidente del Consejo Nacional de Cultura (CNC), y con aliados tan siniestros como Armando Quesada, se dispusieron a cumplir con entusiasmo de obra de choque las orientaciones dictadas desde ese cónclave. Había sonado el disparo de arrancada del quinquenio gris y de la parametración. Ese mismo disparo marcó el fin, la interrupción del quehacer de quienes, según esa norma, no cumplían con los «parámetros revolucionarios». Y fue el comienzo de un trauma del que aún varias de sus víctimas no se recuperan del todo.

En 1976, cuando se anunció que el CNC se disolvería para dar paso a la creación del Ministerio de Cultura con Armando Hart a la cabeza de su estructura, se empezó a respirar con más alivio. Un largo proceso de rehabilitación se puso en marcha, en algunos casos fue inmediato y para otros (como Piñera) no llegó nunca. La intención era restañar las heridas, devolver a varias de las figuras afectadas una dosis de dignidad, a manera de disculpa que nunca llegó oficialmente.

El teatro cubano, tan dañado por el actor mediocre que fue Armando Quesada, tardaría en reponerse o perdería algunos de sus principales valores, aunque en 1980 el primer Festival de Teatro de La Habana operó como una maniobra de intenciones sanadoras. El Ministerio, en ese mismo año, concede por vez primera la Orden por la Cultura Nacional, señalando a un núcleo de artistas esenciales. Para algunos era ya demasiado tarde: José Lezama Lima había muerto justo en 1976, y otros, como Pepe Triana, apenas tuvieron oportunidad, salieron al exilio. Lo mismo sucedió con Heberto Padilla, mientras Virgilio Piñera moría en el ostracismo en 1979, sospecho que para gran alivio de quienes le censuraron.

Para ese entonces, Pavón también recibía su cuota de invisibilidad. Tras su salida del CNC pasó a ser rector de la Escuela Superior del PCC, y en el mismo año de la fundación del Ministerio de Cultura integró como diputado la Asamblea Nacional. Luego trabajó en la Uneac, y ya retirado, murió en 2013. La editorial Letras Cubanas publicó en la colección Giraldilla su poemario El tiempo y sus banderas desplegadas, en 1984. Su nombre, en el catálogo de esa colección, se añadió al de autores que fueron censurados durante sus años de poderío. Y en la antología La generación de los años 50, del mismo año y editorial, puede verse su rostro junto al de algunos de esos colegas silenciados. Heberto Padilla es uno de los grandes ausentes de ese libro preparado por Luis Suardíaz y David Chericián: otra maniobra restañadora que pretendió pasar la página sobre años y maltratos que de pronto, con aquel programa de enero del 2007, volvían a la memoria de tantos que los padecieron.

Pero lo cierto es que no solo el regreso de Pavón, esa resurrección inesperada y no deseada, era la que había hecho saltar las alarmas. En otros programas de la televisión habían reaparecido, poco antes de Impronta, otros de los más temidos censores de los años 70. Al comandante Papito Serguera, que tras su paso por África fue designado como presidente del Instituto Cubano de Radio y Televisión entre 1966 y 1973, se le vio en La Diferencia, un espacio en el horario estelar que conducía el cantante Alfredo Rodríguez, quien le agradeció por haberle permitido cobrar su primer salario como artista y quien le preguntó, entre otras cosas inusitadas, si prefería yuca o caviar.

Igualmente, el mismísimo Armando Quesada, quien trabajaba en el ICRT como funcionario, también se dejó ver en otro programa por aquellos días. Parecía el anuncio de un retorno en toda la ley, y los escritores y artistas cubanos, por una vez y por encima de muchas diferencias de orden estético o personal, respondieron, en una contundente oposición a esas presencias. Esta unidad probablemente no sucedía, en tal escala, desde la prohibición de Alicia en el pueblo de maravillas, el filme de Daniel Díaz Torres cuyo tono de comedia y crítica social puso al Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficas al borde de su desaparición, en 1991.

El despertar de la memoria

El arribazón de mensajes fue inmediata e in crescendo. La reacción inicial fue la de estupor y sorpresa, aderezada con anécdotas y muestras de incredulidad. Desde el primer momento, varios escritores e intelectuales se empeñaron en organizar una respuesta ante esas irrupciones. Arturo Arango, Reynaldo González, Antón Arrufat, Jorge Ángel Pérez, estuvieron entre ellos, y por supuesto, también Desiderio Navarro. No fueron los únicos, también se unieron otros creadores (cineastas, músicos en menor grado, y curiosamente, no muchos artistas de la plástica). Los escritores y teatristas, representantes de los gremios más atacados por Pavón, llevaron la voz cantante en este concierto que contuvo varias disonancias, pero se proyectó como un consenso hacia una necesidad imperiosa: rechazar estos retornos indeseados y explicar el por qué era imprescindible ir más allá de la simple protesta. El arma esencial fue el correo electrónico, y pronto en los pasillos del Ministerio de Cultura, de la Uneac o del ICRT, no se hablaba de otra cosa. El eco llegó rápidamente a Miami, a Madrid, a Berlín, etcétera, así como a otras de nuestras provincias. Arrufat, en su mensaje, apuntaba:

«Allí estaba, sin duda, quien durante cinco largos y estériles años, presidió la institución rectora de nuestra cultura, desde su alta torre del palacio del Segundo Cabo, frente a la Plaza de Armas. Allí estaba hablando como si nada hubiera ocurrido, lavado por arte del ocultamiento, de toda responsabilidad con su conducta de aquellos años. Ni el texto encomiástico que un locutor leía, en el que las víctimas televidentes se enteraron por primera vez de su importancia como poeta,  ni las incoherencias musitadas del entrevistado realizaron alguna referencia, ni por un segundo, al pasado ominoso de quien presidió durante esos cinco años el Consejo Nacional de Cultura.

Es decir que todos habían tomado el agua del Leteo, que da el olvido, y que esperaban que las víctimas, por el contrario, recordaran a su verdugo. Allí estaba, vestido de blanco, el gran parametrador de importantes artistas (…), allí estaba quien enseñó a los artistas cubanos un ejercicio apenas practicado en nuestra historia, el de la autocensura, inventor y propiciador de la mediocridad que llenó todo su período con obras que hoy felizmente a nadie le interesa recordar, sabiduría crítica que los dirigentes de la televisión y sus responsables ideológicos no han sabido imitar».

Desde Santa Clara, el poeta Sigfredo Ariel se unía a la cadena de mensajes, para manifestar su asombro e indignación, que debió ser el de muchos, en líneas enviadas a Jorge Ángel Pérez:

«¿De verdad que alguien ha convocado en televisión, de cuerpo presente, al fantasma de Luis Pavón, mano verduga del peor periodo que ha atravesado la cultura de este país? Si fuera hoy el día de los Santos Inocentes no me hubiera extrañado recibir esta noticia, inconcebible por más de una razón: no se puede entender esta exhumación en el medio de comunicación más influyente y masivo -lisonja ha recibido, dices-  tras tantos congresos, encuentros públicos, y todo tipo de reuniones a todas luces oficiales que han examinado aquellos oscuros días y han enjuiciado muy negativamente su dirigencia.

En los años que vinieron después no se volvió a escuchar aquel nombre sino para deplorar públicamente su gestión al frente del Consejo Nacional de Cultura y así lo evocan con frecuencia siempre que pueden muchos de los que sufrieron el silencio obligado, el no existir, la acusación de éste u otro estigma y a quienes Pavón y sus colaboradores dedicaron variadas formas de humillación. (…) Creo que a algunos de los hoy respetados escritores y artistas que han recibido Premios Nacionales en los últimos diez o veinte años les toca opinar sobre la nueva resurrección de su victimario. Podría esta inesperada aparición abrir un nuevo diálogo, ojalá que manteniendo a raya extremos y rencores. A nosotros, que no vivimos el pavonato en sí, que recibimos apenas ramalazos de su agónica resaca, nos tocaría escuchar, prestar atención y atar cabos».

Prudente como soy, conservo la mayoría de los mensajes aparecidos en esos días, junto al que yo mismo envié. En el debate también intervinieron, en mayor o menor grado, Senel Paz, Rebeca Chávez, Zenaida Castro Romeu, Abelardo Estorino, Amir Valle, Pedro Pérez Sarduy, Cira Romero, César López, Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, Waldo Leyva, Magaly Muguercia, Pablo Menéndez, Abilio Estévez, Jorge Luis Sánchez, Reina María Rodríguez, Juan Pin Vilar, Laidi Fernández de Juan, Eliseo Alberto, Luisa Campuzano, Jaime Sarusky, Omar Valiño, Frank Padrón Nodarse, y entre otros, el cineasta Enrique Pineda Barnet, que confesaba:

«He vuelto a tener insomnios. Estoy entre pesadillas de amigos vapuleados, del Guignol asesinado, de los perseguidos, los huidos,  los aterrados, de los teléfonos con frases entrecortadas, documentos inocentes quemados u ocultados, poemas perdidos y sueños mutilados. Reaparecen palabras, signos, como quemaduras marcadas en la piel: parametración, Umap, censura, condena, consejo, brujas, Pavón, Quesada, y sus herencias en los mitines de repudio o sus consecuencias congresos… y etcéteras».

Como respuesta por parte de la institución que había provocado tal avalancha, solo hubo silencio. La asesora del programa trató de explicar, al saltar el tema en un encuentro de artistas y escritores convocados por otro asunto en el Centro de Prensa Internacional, que todo se debía a que los creadores de Impronta, equipo muy joven, no sabían nada acerca del quinquenio, la parametración ni aquellos años de censura, homofobia institucionalizada y veto estético y político, haciéndose de paso muy poco favor. Fue una versión que no convenció a nadie. Era obvio que no se trataba de un sarampión pasajero o de un escandalito fugaz, y que la demanda de quienes enviaron esos mensajes tendría que concretarse en una respuesta más precisa.

Mientras se añadían más nombres que protestaban (Sergio Chávez, Gustavo Arcos, Belkys Vega, Alfredo Guevara, Humberto Solás, Mariela Castro, José Manuel Fernández Pequeño, Enrique Colina y otros…), el 18 de enero se publicó en la prensa una Declaración del Secretariado de la Uneac que lejos de resolver el dilema, dejó la impresión de un lavado de manos que otra entidad, y no el ICRT, presentaba como un remedio ineficaz. No había vuelta: los artistas e intelectuales seguían demandando una maniobra de limpieza y exorcismo. Y es por ello que el 30 de enero, en la Casa de las Américas, se produjo la extensa, necesaria y extenuante reunión con la que daba inicio, bajo la convocatoria del Centro Teórico Cultural Criterios y su director; el traductor, editor y lingüista Desiderio Navarro, el ciclo «La política cultural del periodo revolucionario: memoria y reflexión».

Ese martes, a las 3 de la tarde, llenaron la sala Guevara de la Casa de las Américas muchos de los implicados en el cruce de mensajes, así como funcionarios y representantes de varias instituciones. La conferencia inaugural la pronunció Ambrosio Fornet, por supuesto: «El quinquenio gris, revisitando el término». Conseguir una invitación se volvió algo añorado por muchos, que se quedaron fuera y que, sobre todo entre los más jóvenes, sintieron que se les excluía, con lo que se afianzaba esa excusa acerca de la corta edad y el desconocimiento que los gestores de Impronta tenían aparentemente a su favor.

¿Cómo saber la verdad si el diálogo se cerraba sobre una generación más enterada, que había sufrido en carne propia los desmanes del quinquenio, pero que no abría esos testimonios ante los de edad más reciente, desconocedores de un hecho que no estaba debidamente registrado en nuestra historia, y contra la cual se alzaba una noción de política cultural que eludía a conciencia esas discusiones? Acaso se quiso evitar lo inevitable: que ante miradas menos entrenadas, lo que iba a suceder allí pareciera un aquelarre, más que un exorcismo. Y lo cierto es que tras la lectura de la puesta al día que sobre esos asuntos fue la conferencia de Fornet, hubo muchas intervenciones que funcionaron como desahogo, como reclamos que habían aguardado este momento por muchos años, y que exigían una transparencia que también apuntaba a los culpables, aún vivos, de muchos de esos errores. Y que continuaban, continuaron y en algunos pocos casos aún continúan tranquilamente impunes.

Esa primera entrada del ciclo demostró la urgencia de esos reacomodos de la historia, sacando a flote censuras y prohibiciones vigentes, como las denunciadas por Enrique Colina al mostrar un listado de filmes cubanos que la televisión cubana nunca había transmitido, y en la que sobresalía Fresa y chocolate. Ello provocó momentos acalorados, y la sensación dominante fue la del estallido de una tormenta por largo tiempo contenida. Quedó claro: el ciclo debería continuar, con análisis particularizados en aquellas zonas de la creación y el pensamiento cubano que habían recibido los efectos de aquellas normativas del CNC.

Como una respuesta a la ausencia de los jóvenes en ese encuentro inicial, el siguiente paso se daría en el Instituto Superior de Arte, donde se efectuó el taller «La política cultural de la Revolución», coordinado por el CTC Criterios y la Asociación Hermanos Saíz, y donde Arturo Arango leyó su intervención «Pasar por joven (con notas al pie)», donde abordaba la recepción que desde su generación tuvo de los efectos del quinquenio, junto a otros integrantes de la Brigada Hermanos Saíz. El ciclo, como tal, tendría varias de sus siguientes sesiones en el mismo sitio, y el 19 de marzo, se produjo allí el segundo encuentro: Mario Coyula presentó su conferencia «El trinquenio amargo y la ciudad distópica: autopsia de una utopía», referida a la arquitectura y su reducción entre nosotros a seguimientos de patrones que, como el método de prefabricado, frenaron su impulso de manera drástica en nuestro país.

El 15 de mayo, también en el ISA, Eduardo Heras León y nuevamente Arturo Arango serían los conferencistas del ciclo. El autor de Los pasos en la hierba narró su testimonio directo como víctima de la parametración, en «El quinquenio gris: testimonio de una lealtad». Y Arango expondría «Con tantos palos que te dio la vida: poesía, censura y persistencia». A ello le seguiría la intervención de Fernando Martínez Heredia, el 3 de julio, con «Pensamiento social y política de la Revolución». Son esos los textos, junto a la introducción al ciclo del propio Desiderio Navarro leída el 30 de enero («¿Cuántos años de qué color? Para una introducción al Ciclo»), los que se incluyeron en un libro aparecido en marzo de 2008, con tirada de 3 mil ejemplares y que anunciaba desde su portada que era la «primera parte» de un proyecto mayor. Lo cierto es que aunque hubo, en efecto, una continuación de esas presentaciones, debates, y nuevas conferencias, nunca se editaron en una segunda parte, así como tampoco, durante la secuencia del ciclo, la televisión y otros medios de prensa hicieron demasiada publicidad sobre tales encuentros.

Un debate inconcluso

La persistencia de Desiderio Navarro continuaba firme, pese a ello. Imagino que tras la aparición del libro, muchos creyeron que el asunto estaba zanjado. Él sabía que no era así, y esa certeza lo llevó a convocar al menos otros tres encuentros, que se movieron a otra locación. El 2 de septiembre ya de 2008, Juan Antonio García Borrero lee su conferencia «Cine cubano post-68: los presagios del gris», en la sede del Centro Teórico Cultural Criterios, ubicada en el edificio del ICAIC. Allí también se efectuarían los encuentros finales del ciclo.

El 31 de octubre, Ernesto Juan Castellanos presentó «El diversionismo ideológico del rock, la moda y los enfermitos». Y el 20 de enero de 2009 me correspondió a mí, sin imaginarlo, dar por terminadas esas acciones, al leer «Las máscaras de la grisura: teatro, silencio y política cultural en la Cuba de los 70». Ya que nunca se imprimió la prometida «segunda parte» de aquel libro, estas conferencias no llegaron a letra impresa. Se alojaron en el sitio web del CTC Criterios, el cual hasta donde sé ya no existe o fue desactivado. En mi caso particular, incluí en la revista Tablas una edición sintetizada del texto (en su anuario de 2009), y lo incluí íntegramente en mi libro Escenarios que arden (Letras Cubanas, 2012).

Quedaron pendientes temas que algunos esperábamos se sumaran al ciclo, como lo sucedido en aquellos años con los artistas de la plástica, que luego abordó Hamlet Fernández en su libro La acera del sol (Premio Alejo Carpentier, 2019). Pero tras mi conferencia, sobrevino el final de aquel empeño, como si la oleada de embullo nacional se hubiera ya evaporado, o quienes permitieron sus ediciones consideraran que había sido suficiente y era mejor no seguir revolviendo el pasado.

Al recibir la llamada mediante la cual Desiderio Navarro me invitaba a ser parte del ciclo, no me pude negar, aunque no se me escapaba lo que representaba como desafío. Mi fecha de nacimiento es justamente la de ese año al que Jorge Fornet dedicó un libro que ayuda a entender los puntos de giro que vivió Cuba (El 71: anatomía de una crisis, Letras Cubanas, 2013); por lo que no fui testigo de cómo se gestó y alteró drásticamente el panorama en que me eduqué, ya bajo los efectos de lo que en ese momento se diseñó como un programa educativo y cultural mucho más reductivo y doctrinario.

La sugerencia de mi nombre le llegó a Desiderio a través de Arturo Arango. Yo había escrito a petición de La Gaceta de Cuba un artículo que mapeaba la historia de nuestra dramaturgia, y ahí mencionaba la parametración. Desde esa señal, vino la invitación a cubrir la zona más herida por los mandatos del CNC, asunto del cual otros testigos y estudiosos no aceptaron hablar. Lo que finalmente me impulsó fue tener, a mi lado, los papeles que me ayudaron a escribir el libro que sobre la defenestración de los fundadores del Teatro Nacional de Guiñol concebí junto a Rubén Darío Salazar: Mito, verdad y retablo, el guiñol de los Hermanos Camejo y Pepe Carril, Ediciones Unión, 2012, Premio de la Crítica Literaria). No podía desaprovechar el reto de contar esa historia, organizarla ante lectores de diversas generaciones, y hacerlo, esencialmente, como un acto de justicia. Escribí, leí, terminé con la garganta reseca tras aquellas dos horas de lectura, que interrumpí solamente para dar unos minutos de intermedio: al fin y al cabo hablábamos de teatro.

Todavía recibo, de cuando en cuando, palabras de agradecimiento por ese libro y por aquella conferencia, que espero ampliar con los testimonios recogidos para un volumen que me permita organizar una visión más abarcadora de lo que fue la parametración y el quinquenio gris. En la lectura de aquella noche, mientras leía y me grababan cámaras y personas que yo no conocía, me acompañaron las actrices de El Ciervo Encantado. Y por supuesto, Desiderio. Perderlo fue un golpe mayor del que imaginábamos. Incluso cuando temíamos al verlo levantarse en alguna reunión de la Uneac a leer citas y dar largas intervenciones. Tras su muerte, en el 2017, el ámbito letrado para el cual trabajó, tradujo, y coordinó muchas acciones, se acalló rápidamente.

En el 2020, Margarita Mateo me pidió que le hiciera llegar las tres conferencias finales, pensando en cumplir la promesa de aquel segundo tomo. Ella misma descubrió, en la sede de Criterios, una gran cantidad de ejemplares del primer libro, y organizó una venta de ese título que no merecía estar arrinconado y semioculto en un almacén, a la que acudieron muchos jóvenes. Aún tengo que enviar mi conferencia y otras a quienes me las piden, ansiosos por saber sobre aquellos desmanes y errores, que reaparecen como amenazas y secretos no del todo narrados de vez en vez. Y recuerdo el fervor y el delirio de ese exorcismo inacabado que imaginó Desiderio Navarro, como un gesto que en cierta manera nos corresponde prolongar, más que concluir.

Releyendo ahora esos mensajes, rememorando la intensidad de los debates, calibrando las ideas apuntadas y señalando a quienes, desde posiciones más esquivas, intentaron eludir el asunto y sugerían escurrir el bulto, la memoria de ese momento me hace pensar en la im/posibilidad de un espacio de ideas donde la cultura y la creación de Cuba se reconozcan en un poder de convocatoria y acción que ahora parece adormilado. La discusión sobre ese reajuste con la Historia y sus silencios, con las responsabilidades privadas y públicas de quienes obraron durante aquellos años del quinquenio y más allá para intentar borrar la fuerza de lo mejor de nuestros artistas con dogmas y doctrinas implacables, queda como un eco ante otros debates posteriores, en los que ha faltado la fuerza aglutinadora para, como sucedió con este ciclo, hacernos sentir y hablar desde una libertad que no debería transparentarse solamente como un ademán reactivo.

Al escribir mi conferencia, lo que más me costó fue poner en una cronología lo que sabía o creía saber acerca de la parametración, sus gestores y sus víctimas: información recogida en diversas fuentes o aprendida a golpes de confesión. Pude ganarme, con años de paciencia, la confianza de quienes me revelaron las mayores verdades. Y también aprendí, con ellos, a manejar con respeto esas claves, a corroborarlas en documentos y otras memorias. A entender que la incomodidad que aún emana de esos referentes impone también un manejo digno y respetuoso de los cardinales de este paisaje, más complejo que la anécdota de paso que no pocos han querido aprovechar o simplemente negar.

En la cultura cubana de ahora mismo, otros debaten amplifican la necesidad que originó aquel ciclo. La historia, expuesta ahí, aún contiene claves que no se han explicitado del todo: el exorcismo por el que clamábamos sigue inconcluso. Por ello, cuando otro asunto hace saltar las alarmas y la parametración vuelve a mencionarse, no pocas veces pareciera que volvemos a un punto cero, como si lo analizado y demostrado acerca de este y otros tabúes ya se hubiera disuelto con rapidez. La reaparición de Heberto Padilla en el documental de Pavel Giroud que rescata la filmación de su autocrítica, la resurrección de Nicolás Guillén Landrián, la entrega a Delfín Prats del Premio Nacional de Literatura, las discusiones y el final abrupto de la Muestra de Cine Joven, la noche del 27N, la apertura de archivos personales, los tensos debates sobre la Ley de Cine, etcétera, extienden una línea que nos remite a todo esto, y que trata de volver a la pregunta original: ¿por qué el error, la censura, el silencio, la desconfianza, el espacio sin puentes que a veces ha sido el diálogo entre la creación artística y el control oficial sobre ella? Y a otra no menos importante: ¿cómo saber lo necesario, aprender y ahondar en esa Historia, para evitar que se repitan cosas tan graves? En ese sentido, el impulso de Desiderio Navarro sigue siendo un trazo en el aire. La urgencia de un exorcismo que solo puede culminarse cuando quede a la intemperie toda la verdad. Y aunque parezca mentira, ese ademán sigue a la espera, aún hoy. Por encima, incluso, de estos 18 años.

Publicación fuente ‘La joven Cuba’