Jesús Hernández Cuellar: Encuentro con Eliseo Alberto

La literatura parece ser más fecunda y creativa en las naciones que sufren y se estremecen. Tal vez ésta sea la razón por la cual un notable grupo de escritores cubanos ha hecho una nueva literatura, ganadora de premios y de elogios de la crítica. Escritores, casi todos, que han decidido vivir fuera de Cuba.
Más o menos así ve el boom actual suyo y de sus compatriotas, el escritor cubano Eliseo Alberto (Lichi), ganador del Premio Alfaguara’98, galardón compartido con el ex vicepresidente de Nicaragua, Sergio Ramírez.
Caracol Beach es la novela que permitió a Lichi, residente en México desde principios de esta década, obtener el importante premio que otorga la editorial española Alfaguara. Anteriormente, había sacudido a su generación con el controversial libro Informe contra mí mismo, un volumen autobiográfico en el que narra cómo la Seguridad del Estado cubana le pidió que hiciera un informe contra su familia a finales de 1978, y luego se extiende por innumerables experiencias de la vida cultural y social cubana, antes y después de la desintegración de la Unión Soviética.
La Nueva Novela Cubana
«En el caso de los cubanos, la literatura se nos había dado más fácil a través del cuento y de la poesía, pero a finales de los 80, con la caída del Muro de Berlín, el fusilamiento del general (Arnaldo) Ochoa y luego la desaparición del socialismo, la gente empezó a escribir novelas, porque la novela alcanzaba para contar experiencias de vida», señala Lichi, sentado en el patio del hotel Omni, de Los Angeles, a donde vino a mediados de octubre a promover Caracol Beach.
«Y empieza la fuga de escritores hacia París, Madrid, México, Hawai…», agrega. «Hasta ese momento, el exilio cubano se había concentrado más bien en Miami, y Miami empieza a dar también su propia literatura con Carlos Victoria, Guillermo Rosales, Daina Chaviano y otros».
«Esa literatura no es sólo crítica de lo que ocurre en la isla, sino también de lo que pasa en Miami», subraya.
Y esto no lo dice porque vea con ojos de condena al exilio cubano en Estados Unidos, como han mencionado algunos de sus críticos debido a ciertos pasajes fuertes respecto a actitudes de Miami, que aparecen en Informe…. Tal vez más enterado ahora, confiesa: «Si yo hubiera visitado Miami antes de escribir Informe..., no habría dicho algunas cosas que dije».
Este boom coincide también, recuerda, con el surgimiento de la novela cubano-estadounidense, con nombres como Cristina García y Gustavo Pérez-Firmat.
Tampoco hay que olvidar, dice, una literatura que se hace hoy día dentro de la isla, de la mano de Abilio Estévez, Senel Paz y Leonardo Padura, entre otros, así como «un florecimiento extraordinario del ensayo», con Rafael Rojas e Iván de la Nuez.
«Algunos dicen que (el éxito actual de las letras cubanas) se trata de una moda, yo no estoy de acuerdo con eso, la novela no se escribe por moda», reflexiona.
En los de Cuba nace el llamado «inxilio», que no es otra cosa que el exilio interno, luego de que aparece el llamado Período Especial y se desploma la industria editorial. «Se han quedado allí, escriben desde allí, y por primera vez el gobierno no les impide publicar en el extranjero, algo que era un delito hace algunos años».
«En los escritores que viven en la isla se da un fenómeno muy interesante. Como no pueden criticar ni hablar directamente como lo hacen Zoé Valdés, en París, o Guillermo Cabrera Infante, en Londres, surge una obra metafórica, simbólica, muy sugerente», comenta Lichi.
Otros van un poco más allá, como Padura, en cuya novela Máscara aparecen «policías del Ministerio del Interior alcoholizados, que decomisan drogas y las consumen».
Pero lo que hay en el fondo, más que una moda, como podría ser el consumo de habanos en la boca de prósperos hombres de negocio, políticos y celebridades de Hollywood, es que «en los momentos de crisis profunda, por extraña complacencia, la literatura florece».
«La felicidad no siempre da mucha tela por donde cortar, en cuanto a literatura», enfatiza.
Treinta Años Perdidos
El lapso que va desde el triunfo revolucionario de 1959 y la caída del Muro de Berlín, es para Lichi, nada más y nada menos, que «treinta años perdidos», en los que «salvo los maestros como Lezama Lima, Virgilio Piñera, mi padre (Eliseo Diego) y otros, el arte que tiene la idea como sustento, se castró…, tal vez esto no ocurrió tanto en la música, el ballet o la pintura».
Según su punto vista, la ausencia de libertad de expresión condujo al arte y la literatura de Cuba a ese callejón sin salida.
«Fue un crimen», subraya.
«Sólo a finales de los 80 empieza a surgir un boom en las artes que no necesitan una gran producción (fondos), se hace teatro en las casas, con gente en cueros, como hizo Víctor Varela con su Teatro de la cuarta pared, y el movimiento Arte Calle, que eran jóvenes artistas que pintaban hasta en la vía pública», narra Lichi.
«Esas son las artes que se insubordinan en los 80», agrega.
Pero el cine es caro. Lichi fue guionista de un buen número de películas del ICAIC, entre ellas la popular Guantanamera, cuyo guion estuvo «engavetado» durante muchos años.
«El ICAIC, desesperado por hallar dólares, presta sus servicios a un productor español interesado en Guantanamera, y la cinta no tuvo que pasar por la censura», cuenta a propósito de esta película en particular, la última que dirigió el fallecido Tomás Gutiérrez Alea.
Viene entonces la época de crisis en la que «el gobierno, en contra de su voluntad, abre espacios al capital extranjero y eso significa hacer dejación de poder, el gobierno empieza a perder pedacitos de poder».
La Vida en Medio de la Crisis
En medio de todo «este desorden nacional, la presidenta del Comité de Defensa y el policía, no tienen tiempo para vigilar a los que hacen teatro en el patio».
Porque se trata de concebir un modelo en el que «un tercio de Cuba sea capitalista, y los otros dos tercios vivan del capitalismo en el socialismo. Un disparate». Son los tiempos de la nueva prostituta, conocida como ‘jinetera’, y de la gente que se va de la isla.
«Y de ellos vive el resto de Cuba», afirma Lichi convencido del desastre que sufre su país.
«La jinetera gana en un día 30 dólares, lo mismo que gana el rector de la Universidad de La Habana en un mes», calcula.
Por supuesto que Fidel Castro «tiene el mismo poder, pero el sistema lo pierde» en los túneles del nuevo esquema. «El gobierno se hace el bobo» y ya no puede controlar ciertos aspectos del quehacer cultural de la isla.
«Es un poco de liberalización sin voluntad política», advierte.
La Cuba del Futuro
Como todo cubano, Lichi reflexiona sobre las posibilidades de que haya cambios en Cuba a corto o mediano plazos. Y se responde:
«Cambio, con Fidel, ninguno».
Cree que en algunos dirigentes jóvenes puede que exista el deseo de cambiar las cosas, después de Castro, pero en otros probablemente no.
«En Cuba está todavía en el poder la dirigencia histórica, mientras eso sea así es imposible un cambio», asegura. «Este no era el caso de la Unión Soviética, ni de Bulgaria».
En cuanto a los más jóvenes, como podrían ser Carlos Lage, zar de la economía, Roberto Robaina, canciller, y Abel Prieto, ministro de Cultura, «uno no sabe exactamente cómo piensan».
«Un amigo mío, ruso, me contaba que cuando Gorbachov estaba en el Politburó (antes de ser el máximo líder), la gente no lo escuchaba, porque hablaba sólo de Lenin, de Brezniev, de Marx, y de ahí no lo sacaban. El socialismo provoca eso», explica.
«Es muy difícil evaluar las posiciones políticas de los dirigentes en el socialismo…, porque si se trata de un liberal, y lo dice, lo muelen», comenta a partir de su experiencia de más de tres décadas de vida bajo el castrismo.
«Yo creo que el que va a provocar el cambio debe tener ahora unos 30 años, quizás sea mulato, y tal vez está montado hoy en una bicicleta, en Cuba, reflexionando sobre lo que pasa a su alrededor», dice como pensando en voz alta.
Considera que otros factores como el exilio, los grupos raciales, la Iglesia Católica y los grupos yorubas seguramente jugarían un papel importante «en un diseño democrático para Cuba».
«También la unidad de la familia podría ser un factor de paz social», agrega.
La Figura de Fidel Castro
«Fidel Castro no sabe qué hacer con la paz, por lo tanto tiene que inventarse su propia guerra constantemente», manifiesta respecto a las negativas del dictador cubano a efectuar cambios reales dentro de Cuba.
«El exilio cubano ha usado muchas veces como su única arma, el arma que Fidel Castro maneja mejor: la guerra», comenta respecto a las estrategias de la oposición asentada fuera de la isla.
Como a muchos otros intelectuales cubanos, a Lichi parece preocuparle también la guerra de las ideas, en la cual el castrismo ha jugado un rol determinante a nivel mundial.
«El discurso catastrófico de Fidel sobre los pobres de la tierra, todavía conmueve a mucha gente en el mundo», señala refiriéndose a la cruzada anticapitalista de Castro en numerosos foros internacionales.
Pero está convencido de que Castro no quiere arreglos de ningún tipo con sus enemigos nacionales tradicionales, ni con los más jóvenes, ni con Estados Unidos.
«En los días previos al derribo de las avionestas de Hermanos al Rescate (febrero de 1996), había fiestas frecuentes en la Oficina de Intereses de Estados Unidos en Cuba, había diálogo y posibilidades de llegar a un arreglo con Washington», revela.
«A Fidel eso no lo convencía», y se produjo el ataque de aviones MiG cubanos a las avionetas, con saldo de cuatro muertos y nuevas tensiones entre Estados Unidos y Cuba.
Lichi recuerda, con visible amargura, un fragmento del discurso de Mijail Gorbachov cuando fue elegido secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética. Estas fueron las palabras del dirigente que cambió el curso de la Guerra Fría:
«Tenemos un presente estable, un futuro esperanzador, pero un pasado incierto. Todo lo que nos va a pasar vendrá desde el pasado».
Según Lichi, esto mismo ocurre en Cuba.
«Fidel le tiene pánico al pasado, no al presente ni al futuro. Le teme al momento en que se destapen las fosas y se sepa de las muertes inútiles, las traiciones, las cárceles…,» agrega.
«Esto produce pánico», sentencia Lichi, con una certidumbre superior a la que podría caracterizar a un escritor de ficción, con la piel curtida por cuatro décadas de experimentos ideológicos. Un escritor de cuerpo entero en cuyas novelas y guiones gimen los fantasmas de un exótico laboratorio, revueltos en el hedor de una nación despedazada.
Publicación fuente CONTACTO, octubre,1999
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