El cineasta experimental cubano Rafael Ramírez definió a Molina como “eso que llamaban ethos, que ya no existe, el gran incorruptible”. Al pensar en él, uno cede inevitablemente a la imagen del rōnin, el samurái errante que se prefiere desclasado antes de servir a una casta. Los hijos de un rōnin heredan la condición, a no ser que renuncien al estatus. El cine cubano necesita más hijos de Molina, una prole de cineastas irredentos y vagabundos. Para seguir leyendo…
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