Julio Llópiz-Casal: Arañazo citadino: el grafiti habanero

Artes visuales | Autores | 25 de agosto de 2023
©Llópiz-Casal / Facebook

Buenísimo este recuento de Julio Llópiz-Casal para el dosier «Grafiti, Cuba, Hoy». En el mismo se va desde las obras del propio autor hasta a exposiciones como Parche Rosa Sucio en Cristo Salvador Galería o la guerrilla BCD en los vericuetos de La Habana. ¿Se acuerdan de todo esto? Pues ayer, fue «ayer».
Disfruten 😉

La historia de base

Uno de los aspectos que con mejor sabor recuerdo de mi pasión inicial por el grafiti, es el haber descubierto la implicación de la palabra “arañazo” en su etimología y fonética.

Por un lado, la palabra suena similar al italiano graffire, que significa garabatear. La raíz latina del vocablo es también especialmente llamativa en ese mismo sentido. Scariphare: que significa incidir superficialmente con el scariphus (estilete o punzón). Y finalmente está graffio: arañazo, literalmente.

No creo que haya una palabra que le haga mayor justicia poética al grafiti que arañazo. Se trata de una cultura que se abre paso como una pequeña zanja sobre la epidermis urbana. Un arañazo que parece hecho al descuido; una herida difícil de esconder en la piel al descubierto. No es una herida sangrante: es un rasguño sin gravedad pero que a algunos les molesta, “les araña la retina”, mientras para otros vale la pena que la ciudad los luzca como heridas de guerra que deberían provocar orgullo.

El grafiti ha vitalizado la imagen de las ciudades por más de cuarenta años. Los propios grafiteros dicen, desde el principio, que se grafitea sin permiso porque se trata de llevar color y energía creativa a esos espacios citadinos inhóspitos, que los gobiernos abandonan a su suerte y a las fluctuaciones presupuestarias de ayuntamientos y administraciones barriales.

El grafiti es un modo de afrontar la creación y una respuesta política a la política convencional. No importa que se trate de una pintada anarquista sobre un muro en Madrid o de una master piece al mejor estilo Broadway Elegant sobre uno en Berlín; de cualquier manera, se trata de una de las iniciativas artísticas que mayor terreno ha ganado en el espacio público, y eso es política a pesar de no tratarse de un gesto político convencional.

Toda esa estilización y manera de generar contenidos textuales y visuales, ha permeado desde el trabajo arquitectónico y publicitario hasta otras manifestaciones de la cultura urbana como la danza y el deporte callejeros o la moda. Sus cultores se la han arreglado para resistir, a lo largo del tiempo, de maneras más o menos exitosas. Han batallado con los intentos de segregación por parte de las morales conservadoras y las ansias mercantiles de domar su irreverencia ante lo establecido, con el objetivo de empacarlos y venderlos. No ha sido, ni es, una batalla sencilla; pero el grafiti ha sobrevivido y se ha instalado en el imaginario colectivo con muchísimo éxito.

Existen varias teorías sobre cómo surgió el grafiti tal cual lo conocemos hoy. Algunos entendidos en el tema especulan que sus orígenes están estrechamente ligados a las pinturas de los hombres de las cavernas en la prehistoria, pero a mí me parece que, aunque sí, sería preferible buscar raíces más precisas en momentos más “urbanizados” de la historia humana.

También están las referencias a las inscripciones urbanas efímeras en ciudades del Egipto faraónico. Otras señas llevan hasta las inscripciones al vuelo sobre superficies públicas. Hechas de manera clandestina, pueden encontrarse en momentos como el medioevo o el Berlín antisemita de inicios de los años treinta, en que pintaban eslóganes sobre las vidrieras de las tiendas de judíos. También está el Muralismo Mexicano, por supuesto. Definitivamente son muchas las manifestaciones culturales que desde una perspectiva histórica pueden relacionarse con la práctica del grafiti.

Mi hipótesis preferida es que el grafiti, tal como ha llegado a nuestros días, viene fundamentalmente del hábito histórico y pandillero de firmar la calle, de escribir una declaración pública en el espacio público, sin permiso, sintética y rápidamente, al margen de las convenciones en torno a la gráfica y el universo publicitario. Lo que inspiró el grafiti fue el gesto de marcar un territorio con una señal, con una inscripción. Se trata de una actitud de resistencia, fundamentalmente pictórica, que penetró en lo más intrincado del tejido afectivo de las comunidades alrededor del mundo, que es y ha sido un arma de lucha para las pandillas: entre ellas mismas, pero también contra la policía y las autoridades.

Más allá de que determinadas intervenciones en el espacio callejero tengan una intención explícita de protesta, de molestia, me gusta interpretar el gesto de firmar la calle como un émulo, aunque sea más o menos inconsciente, del ready-made duchampiano. Estamos ante una actitud que en esencia es conceptual, pero que a la vez encarna una intención totalmente política, pues se trata de un hecho que casi siempre no fue autorizado y que casi nunca responde a los paradigmas estéticos de las clases en el poder. Podemos interpretar el grafiti como la historia de cómo se estetizó el acto de arañar la calle, de marcarla y de resistir en ella.

Cuentan que en la ansiosa y violenta Nueva York de los años setenta, los pandilleros arañaban, literalmente, la pintura interior de los vagones del metro con la punta de las llaves de casa, para escribir sus nombres (que solían ser seudónimos para protegerse del control policial) y/o el de sus gangs. Es importante tener en cuenta, para entender el impulso inicial de la historia del grafiti, que los años setenta son también los años de la consolidación comercial de productos que son fundamentales para pintar en la calle con rapidez, como son los botes de pintura de aerosol (sprays) y los marcadores permanentes. El acceso a estos materiales, que surgieron respondiendo a necesidades industriales y domésticas, permitieron que la imaginación de los artistas volara más alto.

Fue entonces que ese acto de firmar y marcar la calle pasó del simple gesto de diseminar el grafiti por los barrios, a la competencia por llamar más la atención, hacerlo de manera más estilizada, más grande y colorida. La disputa por atrapar la atención de los transeúntes no solamente dependía de que los grafiteros replicaran su trabajo la mayor cantidad de veces; también contaba (y cuenta) la excentricidad y la osadía en torno a la pieza. Por eso son paradigmáticos los casos de Taki183, uno de los pioneros del grafiti, que se dice pintó su firma sobre el costillar de un elefante del zoológico de Nueva York a fines de los setenta; o el caso de Seen, que realizó su trabajo a tres colores sobre las dos enormes L del cartel de Hollywood en Los Ángeles a principio de los ochenta.

©Taki 183 / Internet

Desde el mismo comienzo el mercado supo identificar un nicho y empezó a ser parte de esta historia del movimiento. Artistas como Keith Haring y Basquiat, por citar los ejemplos más mediáticos, se beneficiaron mucho comercialmente de esa dinámica. A la par, evolucionó una línea más purista y underground que sobrevive hasta nuestros días. A pesar de que hoy es muy natural que un grafitero sea contratado para pintar la pared de un bar, hay artistas del grafiti que consideran que eso es traicionar la esencia del movimiento y abrirse de patas al mercado. Consideran que un auténtico grafitero pinta solamente en las calles y sin permiso.

A inicios de los años ochenta las regulaciones penales en Nueva York comenzaron a castigar con años cárcel a quienes pintaban sobre vagones del metro y a instalar electricidad en las rejas de los depósitos de trenes para impedir que entraran a grafitear. Eso hizo que muchos abandonaran la práctica, emigraran, llevando el arte a Europa, África, América Latina y Asia, o comenzaran a aplicar este estilo pictórico al lienzo, al diseño gráfico y la publicidad en general. De cualquier modo, comenzó la primera era de uno de los imaginarios artísticos más influyentes en el arte del Siglo XX y lo que va de XXI. Actualmente donde quiera que se diga la palabra grafiti, en el idioma que sea, muy probablemente todos sepan de qué se está hablando y se abra una galería de imágenes en sus cabezas.

La Habana y el grafiti

Yo nací en la primera mitad de los años ochenta. Recuerdo que, durante mi infancia y adolescencia, sin saber que se llamaba grafiti, me despertaba mucha curiosidad ver de pasada en las películas americanas esas letras enormes y caricaturas pintadas por las calles y en los vagones del Subway. En algún momento de aquella misma época, llegó a mis oídos la palabra grafiti como vocablo que definía ese estilo visual (tal vez grafiti de amor de Carlos Varela tuvo algo que ver). Pero no fue hasta mis 21 años que empecé a pensar el término de forma más consciente.

En 2004 acabé mis dos años de servicio militar y me acogí a la Orden 18 para poder acceder a la Universidad. No tenía ganas de estudiar ninguna carrera específica; deseaba consumir mi tiempo exclusivamente en fiestas, escuchar mucha música, enamorarme, conversar durante horas con mis amigos, ir al teatro y leer. Pero a pesar de ese idilio juvenil, tenía la intuición de que sería pasajero, y de que iba a terminar siendo un artista. Por esa razón, estudiar una carrera universitaria se volvió una prioridad para mí.

Pasé también por grupos de teatro aficionado, intenté, sin éxito, ingresar al ISA por la Facultad de Artes Escénicas, me interesé en cuestiones básicas de música para poder trabajar en Frutty Loop, retomé el hábito de dibujar y aprendí las primeras nociones Photoshop y Corel Draw. Acabé estudiando Historia del Arte porque me pareció la carrera más “práctica” para beneficiar mis intereses creativos, que desde entonces eran muy diversos y poco convencionales.

En esos años aproveché al máximo la predisposición positiva hacia el conocimiento que encarnan los estudios superiores, cualesquiera que estos sean. A pesar de mis incómodos recuerdos de la vida docente, de mis conflictos con algunos profesores y con los métodos de enseñanza, me satisfacía mucho que mi aprendizaje real se diera en las discusiones entre colegas y no en un aula. Un buen amigo desde aquellos años dice que “Nuestra verdadera escuela fuimos nosotros mismos”.

Muchos de mis amigos en aquellos años eran artistas visuales. Con ellos compartía mis visiones sobre la historia y la dinámica cultural, y ellos a cambio me proporcionaban conocimientos técnicos artísticos. Unos de esos amigos eran dos muchachos que en aquel entonces tenían un crew grafitero llamado BCD (Bajo Condiciones Difíciles). Nunca olvidaré la alegría al descubrir que eran ellos los responsables de aquellos esténcil anaranjados, desperdigados por las calles principales del Vedado, Centro Habana y Marianao.

Con los BCD tuve los primeros intercambios sobre el grafiti y su historia. Nos compartíamos la poca información que había disponible en aquella época de poco acceso a Internet. Algunas cosas las adquiríamos husmeando en las bibliotecas digitales de otros amigos, como aquel PDF que pesaba casi 200 MB y que contenía escaneado Graffiti. Arte urbano de los cinco continentes[1] (2004), de Nicholas Ganz, y que me encargué de copiar a todo aquel que pudiera interesar. Fueron tiempos en que intercambiamos mucho y aprendimos los unos de los otros. Ellos estaban muy familiarizados con la jerga grafitera y me enseñaron qué era un tag [firma pequeña], qué unesténcil, qué una Master Piece… si estaba hecha en estilo Bubble letter, Wilde style, Block letter, etc.

Conseguir un spray en aquella época era difícil y poderlo pagar también. A casi nadie le gustaba la idea de pintar solamente con brocha porque los trabajos no quedaban con el “swing” de lo que hacían los artistas en otros países; afortunadamente eso ya ha cambiado y los grafiteros en Cuba tienen otra actitud. Se valen de muchas técnicas y estilos sin prejuicio alguno, lo que le da más vida y variedad a sus trabajos. La historia del grafiti habanero se ha desarrollado despacio y bajo muchas contingencias, debido a las dificultades materiales y a los prejuicios sociales e institucionales; también influye la brutalidad policial, que responde fundamentalmente a la paranoia política del gobierno, que ve peligro en toda manifestación cultural ajena al marco institucional. De todos modos, aunque es escaso el número de artistas respecto a otros contextos, ha habido y hay grafiti habanero.

BCD (Bajo Condiciones Difíciles)

BCD tenía solamente dos integrantes cuando los conocí. Había trabajado con ellos otra persona, pero ya no estaba en el grupo[2].

M. M. era uno de los integrantes de BCD. Desde hace años ya, cuando BCD dejó de existir como colectivo, adoptó otro nombre artístico influido por su interés en el mapping y el trabajo con tecnología. El otro integrante del grupo es quien responde actualmente al nombre de Mr. Myl,uno de los artistas urbanos más conocidos y de obra más sistemática de la Cuba actual, pero que entonces firmaba como BCDcrew o Fidel, si tenía color rojo para hacerlo.

Los dos venían de haber estudiado en San Alejandro y de haber pasado por la Cátedra de Arte de Conducta de Tania Bruguera. Se trataba de dos artistas procedentes del sistema convencional de enseñanza artística a los que el interés por encontrar recursos expresivos que les permitieran tomar el espacio público y salir del corsé del cubo blanco de la galería, los llevó hasta el grafiti. Les interesaba, por ejemplo, que la condición casi abstracta e ilegible de algunos estilos, así como la tendencia a convertir oraciones en siglas, sirviera para insertar en la vía pública determinados mensajes de raíz política, aunque daban prioridad a lo estético.

©BCD / Internet

Uno de los grandes triunfos del trabajo de BCD fue haber hecho un mural (ya inexistente) sobre la pared exterior del área deportiva que se encuentra al lado del edificio que alberga la sede nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas (cerca de la entrada al túnel de La Habana y frente a la Embajada de España) junto con el grupo de grafiteros brasileños, encabezados por el famoso dúo Os Gemeos, que vinieron invitados oficialmente a la 9na Bienal de la Habana (2006). La política cultural del gobierno cubano es tan selectiva y cauta que a un grafitero extranjero no lo reprimirían por lo que sí reprimirían a uno cubano.

No se me olvida que un día iba caminando por la calle Galeano, a pleno día, vi a uno de los integrantes de Os Gemeos pintando uno de sus enormes personajes amarillos. Alrededor había un grupo de transeúntes curiosos y sonrientes entre los que se encontraba un policía. Es probable que, gracias a este tipo de excepcionalidad con los grafiteros extranjeros, se pudiera pintar el mural antes referido. Los episodios más importantes del arte en Cuba suelen suceder gracias a descuidos, distracciones y favoritismos en el trabajo institucional.  

Otro de los trabajos más notorios del colectivo BCD fue la serie de variaciones que hicieron de la palabra REVÉS, y que partían de una reinterpretación de la campaña publicitaria que impulsó Fidel Castro luego del fracaso de la Zafra de los Diez Millones, bajo el eslogan “Convertir el Revés en Victoria”. La acción más notoria de estos trabajos con la palabra revés fue la repetición de una pequeña plantilla, tamaño carta y color naranja, en que se podía ver una V mayúscula invertida que ocupaba casi toda la composición, y debajo ponía REVÉS en una tipografía específica y muy dinámica; el vértice de la V invertida y el de la V de la palabra debajo estaban unidos por una línea que las hacía lucir como flechas en direcciones contrarias cada una pero unidas por el mismo tronco.

La imagen se podía ver a lo largo de casi toda la Calle 23 en el Vedado, cada 100 metros aproximadamente. Recuerdo perfectamente que no era nada extraño que en un grupo cualquiera surgiera la conversación al respecto de la imagen. No importaba que no fueran personas relacionadas con el arte. La gente entendía perfectamente el referente y la ironía política en torno al juego con la V y las palabras revés y victoria. Durante mucho tiempo estuvieron ahí a la vista de todos hasta que comenzaron a taparlas con unos brochazos de color rosado opaco, aunque el color de la pared de fondo fuera amarillo o azul.

En 2009 me encontraba trabajando en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales (CDAV), donde estuve justo un año, de septiembre de 2009 a septiembre de 2010. En diciembre se inauguró la muestra colectiva XX años no son nada a propósito del veinte aniversario de la institución. Propuse invitar a BCD y el equipo curatorial del CDAV aceptó. La propuesta del dúo fue pintar bien grande, sobre la sima casi inaccesible del muro del patio central del edificio que alberga al CDAV en La Habana Vieja, la palabra REVÉS, pero al revés: rotada 180 grados, en color rojo y solamente la V invertida en color negro. Fue bien difícil poder llevar a cabo la pieza, porque se necesitaba de personal especializado para poder subir tan alto y pintarla, además del equipamiento necesario para hacerlo; pero lo logramos después de muchas gestiones. Este fue el último trabajo del grupo.

Simbólicamente me parece muy meritorio que esta última obra de BCD haya consistido en hacer un grafiti sobre los muros de una institución en vez de la calle. Tal vez en un contexto que no sea Cuba, un gesto como este tendría un sentido diferente y hasta pueril; pero en el caso de Cuba es una victoria del arte ante la obsesión por el control del discurso artístico por parte del Estado.

Arte Calle

Cuando se piensa en antecedentes del grafiti en los 2000 muchas veces se habla de El Chori: un rumbero que además de ser un increíble músico, tuvo el hábito de escribir, entre los años 30 del Siglo XX y fines de los 60, su apodo con tiza blanca por todas partes, con una caligrafía muy peculiar. Obviamente es un antecedente muy interesante para el grafiti cubano, pero se trataba del hábito estético y complementario de un músico. Sin embargo, el colectivo Arte Calle a finales de los 80 constituye un referente que se ubica más al interior del contexto de las artes visuales en la isla.   

©Arte Calle, Performance, década de los 80

Se trata de uno de los capítulos más relevantes y referidos de la historia del grafiti en Cuba. Fue un grupo de muchachos, estudiantes también de la Academia de San Alejandro, que realizaron varias acciones colectivas a finales de los años 80, aproximadamente entre 1986 y 1988. Si bien es cierto que tenían interés particular en tomar la calle a través del grafiti, también es importante tener en cuenta que se inspiraban en las dinámicas de la cultura urbana en general: el rock, la moda, y las actitudes performáticas. Los nombres que más sobresalen del grupo son los de Aldito Menéndez y Ernesto Leal, pero también se debe mencionar a Ofill Echevarría, Pedro Vizcaíno, Leonardo Martínez Cubela, Ariel Serrano, Eric Gómez, Nilo Castillo y muchos otros.

Veo a Arte Calle como la respuesta orgánica de un grupo de artistas en formación, a la obsesiva y punitiva política cultural del Estado Cubano. Debe haber influido bastante el hecho de que el grupo surge en plenos años de Perestroika; pero me parece fundamental tener en cuenta que fue un colectivo integrado por adolescentes, inquietos y dispuestos a la osadía y la experimentación, que incorporaron el grafiti y su estética al proceso de trabajo, pero fueron más allá.  

A pesar de ser muy jóvenes entonces sus integrantes, se daban cuenta perfectamente de que fuera de las instituciones artísticas podían correr el peligro implícito en el desamparo institucional, pero que ganaban al mismo tiempo una libertad imposible de tener dentro de esos espacios. No es casual que uno de sus primeros trabajos murales, cerca de la Playita de 16 (Miramar, La Habana), tuviera un texto que decía: «NO NECESITAMOS BIENALES, NOSOTROS TENEMOS EL ESPACIO»[3]. El texto es todo un statement político y una declaración de principios bien interesante, sobre todo porque se trataba de artistas en plena formación.

©Arte Calle, Mural a raíz de la Bienal de La Habana, 1986

Aldito Menéndez ha contado que fueron inspiradores para el grupo, los grafiti que se podían ver en las películas estadounidenses disponibles en la época. En la Cuba posterior a 1959, durante varios años, se veía con recelo cualquier influencia cultural que proviniera de ese país; pero lo natural era que los artistas jóvenes se dejaran permear por esas movidas e influencias. Afortunadamente el control ideológico en el socialismo se asemeja más a un sermón que a una disposición imperial. Gracias a eso los muchachos de Arte Calle pudieron trabajar, mientras los dejaron.

Una vez, con unos rones de por medio, me contó una persona que era adolescente en la época de Arte Calle, que con el primer spray que consiguieron los muchachos, se pararon sobre el separador entre las dos sendas de la calle Línea en el Vedado y, de manera discreta con el aerosol de pintura en la mano a la altura de la cadera, le dejaron una línea de pintura a los automóviles que pasaban a toda velocidad por su lado. No sé si será verídica la historia, pero ilustra muy bien el espíritu del colectivo. A finales de los años 80 empezaron a ser acosados de manera más insistente por la policía política y no pudieron trabajar más en el espacio público. Ninguno de los miembros del grupo que hizo los exámenes para ingresar al Instituto Superior de Arte (ISA) los aprobó; fue una orden expresa de la Seguridad del Estado. Casi ninguno de los antiguos miembros de Arte Calle vive actualmente en Cuba y emigraron en aquella misma época.

El Sexto

Danilo Maldonado (El Sexto) es uno de los grafiteros más importantes y mediáticos de la historia del arte cubano.

Su importancia fundamental radica en que no solamente fue tremendamente constante y se ocupó de que su firma estuviera por toda La Habana, sino en que se ocupó también de que todo el que estuviera interesado supiera que era él quien estaba detrás de esa insignia. Recuerdo que empecé a ver su firma por todas partes en el Vedado y que muy pronto me lo presentaron en el Parque de G como Danilo El Sexto, directamente. Era el primer grafitero que veía sosteniendo esa actitud. Algunas veces se le vio con un solapín transparente colgado del cuello que tenía dentro su documento de identidad, para si la policía lo paraba no tener que sacar su identificación del bolsillo.

Corrían los años en que la propaganda oficial del Partido Comunista libraba las más intensas campañas por la liberación de cinco espías cubanos descubiertos y condenados en Estados Unidos y que eufemísticamente llamaba “Los cinco héroes prisioneros del Imperio”. Que la firma de El Sexto apareciera por toda la ciudad era fácilmente relacionable, de modo irónico, con la propaganda oficial referida. Se entendía que Danilo se denominaba a sí mismo como el sexto héroe; un héroe que provenía de un barrio periférico de Cuba, a diferencia de los cinco espías, y que era uno de los tantos jóvenes descontento con el estado de las cosas; un joven dispuesto a expresarse al respecto como artista urbano.

La presencia mediática de Danilo tiene que ver fundamentalmente con que los comienzos de su trabajo coinciden con el momento en que la blogosfera cubana emitía contenido sobre la realidad cubana y el fenómeno de El Sexto era particularmente atendible. En los blogs de Orlando Luis Pardo Lazo y Yoani Sánchez se hacían referencias a él; sus detenciones comenzaron a ser noticia en la prensa independiente cubana y en los espacios televisivos y radiales de Miami. Danilo comienza a tener sinergia con otros proyectos políticos y artísticos que eran objetivo también de la Seguridad del Estado, como el grupo OMNI ZONA FRANCA y el programa Estado de Sats, de Antonio Rodiles.

©El Sexto / Internet

Otro de los puntos que me parece más interesante del trabajo de Danilo Maldonado es su estilo visual. Contrario a otros grafiteros, no le interesaba desarrollar una caligrafía estilizada que recordara al grafiti más común de las grandes ciudades y la publicidad. El suyo era un estilo que emulaba con la caligrafía infantil, imperfecta y desaforada: un simple El Sexto escrito en cursiva y rematado con una estrella de cinco puntas. Luego de que empezó a ser acosado sistemáticamente por la Seguridad del Estado, a ser detenido e interrogado, realizó una plantilla que consistía en un retrato suyo en alto contraste, con la silueta pequeña de un gallo sobre la cabeza, y rematado con un facsímil de su propia firma, como para que no quedara ninguna duda de que se trataba de él y de que iba a seguir (como se dice en slam cubano) echándola, a pesar de las consecuencias.

El clímax de su obra fue un performance que no llegó a realizar a fines del año 2014. Fue detenido en un operativo conjunto de la Policía y la Seguridad del Estado, cuando iba en un automóvil con los utensilios necesarios camino al Parque de la Fraternidad en La Habana, lugar en que debía suceder la acción.

Previamente había pintado de verde a dos cerdos y les escribió con pintura roja en los costados Fidel y Raúl a cada uno, en evidente alusión a Fidel y Raúl Castro. Su idea era soltar a los animales en el parque referido (uno de los lugares más concurridos y marginales de la ciudad) y esperar a ver qué pasaba. Se podía esperar un resultado bastante predecible, debido al hambre y el descontento popular ante el proceso revolucionario cubano. Luego de la detención El Sexto fue encarcelado durante diez meses, sin que se le realizara juicio. Un buen día lo liberaron, luego de haber hecho más de una huelga de hambre y de ser declarado prisionero de conciencia por Amnistía Internacional.

Danilo Maldonado, El Sexto, no solamente es el grafitero cubano que mayor presencia y debate en torno a su obra generó en los primeros tiempos de acceso a Internet para la sociedad civil en la isla. Se trata también de un creador que, más allá del grafiti, legitimó con su práctica el derecho a tener una actitud defensiva ante la censura y la violencia de Estado. Junto a Luis Manuel Otero Alcántara, Hamlet Lavastida, Juan-Sí González, Ángel Delgado y Yulier P., por citar los ejemplos más conocidos, se trata de uno de los artistas cubanos que mayores consecuencias represivas ha sufrido por ejercer la libertad de expresión.

©El Sexto, ‘Fidel & Raúl’ / Facebook

Parche Rosa Sucio

En el año 2012, entre septiembre y noviembre, tuve el privilegio de curar junto a Otari Oliva y Jasmín Valdés el ciclo de exposiciones de grafiti Parche rosa sucio, en el espacio alternativo Locación Cristo Salvador (en aquel momento llamado CRISTO SALVADOR GALERÍA).

Yo había realizado en ese espacio mi segundo solo show, y de las tantas conversaciones con Jasmín y Otari en los días previos y posteriores a mi exposición, surgió la idea de hacer un ciclo de exposiciones con algunos de los grafiteros activos en la Habana de aquel momento. Decidimos que debía ser un ciclo porque una sola muestra colectiva, por muchos artistas que incluyera, no iba a alcanzar para abarcar el fenómeno lo mejor posible.

La lógica que seguimos fue invitar a un grafitero o colectivo y que los invitados a su vez invitaran a otro artista de su elección. Así hicimos seis exposiciones en tres meses:

La primera fue con M. M. (ex integrante de BCD que mostró obras hechas especialmente para la ocasión y la documentación del trabajo del antiguo grupo), que invitó al artista cubano Filio Galvez, radicado en Miami.

La segunda fue con un colectivo llamado PIB, que todos sus miembros eran estudiantes de diseño gráfico en el ISDi (Instituto Superior de Diseño en La Habana) y que sus miembros entraban y salían constantemente. Por esa razón decidieron que no tenían que invitar a nadie especial y realizaron una inmensa y colorida intervención en el espacio.

La tercera fue con TOMK (que ya había firmado antes como Zombie y que luego de ese nombre adoptó el de Allie, en honor al personaje del film Vacaciones permanentes de Jim Jarmusch) y que invitó a su colega de grafiteo nocturno Slim.

©Invitación de CSG a la exposición Parche Rosa Sucio / Facebook

La cuarta exposición, según el calendario oficial, no llegó a suceder. Iba a ser con un grafitero que firmaba como BullDog y venía con su invitado. Pero días antes de inaugurar la exposición los dos artistas huyeron con parte del dinero de producción para su muestra y nos acusaron a los curadores de estafa ante la Embajada de Noruega, que había apoyado a la muestra con uno de sus grants, al que aplicamos formalmente. Por fortuna la denuncia no tuvo efecto sobre los diplomáticos noruegos y el día en que se debía inaugurar la muestra de BullDog y su invitado, abrió sus puertas una muestra colectiva con los artistas que iban a participar en todo el evento.

La quinta muestra fue con Danilo Maldonado (El Sexto). Este invitó a un artista llamado Dishavao. Esta fue la muestra que más acoso de la Seguridad del Estado tuvo. En algún momento pensé que tal vez no se podría inaugurar, pero sí fue posible. La exhibición fue muy variada: hubo trabajo pictórico directamente sobre los muros, trabajos sobre cartón, objetos en el espacio, un muy interesante trabajo con las luces y hasta performance.  

Y la sexta fue una gran colectiva a la que convocamos a muchos grafiteros, algunos muy jóvenes, como FAR y FORMOL, que tenían 15 y 16 años y dimos con ellos. Fue una jornada tan intensa que en algún punto llegamos a sentir que la galería, dentro del espacio doméstico, se parecía más a lo que debía ser la calle que cualquier otro evento callejero.

El trabajo de Parche rosa sucio recogió una parte del poco grafiti que se hacía en aquellos tiempos. Se nos quedaron fuera muchos artistas, pero se trataba de un ciclo de exposiciones y no de un acto de magia. La institución arte cubana y oficial no ha tenido nunca interés en atender este tipo de propuestas y visibilizar el fenómeno con naturalidad. Unos cuantos años después siguen existiendo artistas que trabajan en la calle y hay proyectos, como Galería-Taller Gorría, que se han interesado en mostrar este arte (muchas veces) en las calles directamente. Pero nada de eso es suficiente, porque aunque no se trate de tantos grafiteros como en otras ciudades del mundo, ni de un movimiento tan organizado como en otros países, siempre hace falta más.

Yulier P. y Mr. Myl

Aunque no he seguido sus trabajos tan de cerca como sí ha sucedido con otros, me parece imprescindible hablar de Yulier P. y Mr. Myl. Son dos ejemplos paradigmáticos y diferentes del grafiti habanero. Ambos llevan trabajando muchos años, con constancia y a pesar de lo difícil que es hacer arte urbano en Cuba.

Yulier P. es un artista que trabaja fundamentalmente en la calle pero él mismo no considera que el término grafiti abarque toda la complejidad de su trabajo creativo. Su imaginario es muy simple y de trazos personales. Combina códigos que recuerda la gráfica infantil, pero a la misma vez echa mano, un poco, de lo expresionista y grotesco. Su modo de pintar conserva trazos e intenciones propias de la pintura más tradicional. De hecho su estilo recuerda a ciertas intenciones visuales de la vanguardia de inicios del Siglo XX. Yulier ha tenido la capacidad de reinventarse a lo largo de su carrera. Ya su nombre de artista tiene rostro, ha sido acosado intensamente por la Seguridad del Estado y declarado artista en riesgo por las organizaciones internacionales que se dedican a ese trabajo (Como PEN International o Artist at Risk Connection). Como ha sido amenazado con graves consecuencias por la policía política si pinta en la calle, ha reducido el formato y desarrollado una serie llamada Regalos, en que interviene trozos de piedra y pequeños objetos para luego dejarlos en la calle y que alguien los encuentre.

Mr. Myl recuerda más a un grafitero tradicional. Sus trazos y su flow se han mantenido a lo largo de los años apegados, y con mucha personalidad, a la estilística neoyorquina y otras cuestiones propias del llamado Old School en esta cultura. Su galería de personajes actual la integran fundamentalmente carabelas humanas y animales muy diferentes entre sí y que parecen estar contando una historia cuando se miran en perspectiva y secuencia. La ironía política la sabe implementar muy bien en sus composiciones, esto lo hace también Yulier P. pero en otro registro. Sus trabajos se pueden ver en muchos lugares de La Habana: en derrumbes, en balcones y azoteas, en las fachadas e interiores de negocios. También se le ve en videoclips cubanos, en publicaciones de influencers de paso por la Habana, en Instagram y en otros espacios virtuales. Ha viajado y pintado en colaboración con artistas de varios lugares del mundo, en ciudades como Bogotá o París.

Yulier P. y Mr. Myl son dos antípodas del complejo y rico espectro del grafiti habanero actual.

El grafiti y yo

Estuve muy interesado por un tiempo en hacer grafiti callejero, pero acabé abandonando la práctica y perdiendo el entusiasmo.

La razón fue que, por un lado, no estaba dispuesto a lidiar con el tipo de adrenalina que genera pintar en la calle sin autorización. No me resultaba ni seductor ni estimulante lidiar con la policía y el tipo de censura que me pudo haber esperado. Por otro lado, el arte que me interesa hacer está apegado a procesos intelectuales y poéticos a los que no les es imprescindible el trabajo callejero en el espacio público. Me interesa más recoger un tareco en la basura, aunque a nadie le importe o le parezca creativo, que pintar sobre una pared sin permiso, por muy osado y cool que sea. Hice alguna que otra firma por la ciudad, con aerosol o marcador permanente según mis recursos, y decidí acompañar al pequeño movimiento de cerca y seguir haciendo mi trabajo de artista indisciplinar a mi propio ritmo.

Mi propia dinámica de trabajo me llevó un día a tener la oportunidad de hacer una pieza que implicó la estética del grafiti y que era un homenaje a José Lezama Lima: combiné poesía y estética urbana en una sola pieza. Es algo que me satisface mucho haber hecho.        

El 19 de diciembre de 2013, día del cumpleaños de Lezama, inauguré en la Casa Museo (Trocadero, 162. Centro Habana, Cuba) que lleva su nombre, una muestra personal que llamé Lapso. Consistió en grafiti de texto directamente pintado sobre la pared, con aerosoles de color negro, naranja y plateado. El texto decía simplemente 1970-1977: el lapso comprende los años en que José Lezama Lima (1910-1976) publicó por última vez en Cuba antes de morir y el año en que se publicaron títulos suyos por primera vez luego de su muerte. La hoja de sala que se repartía a los visitantes era una lista de la bibliografía del poeta en ese período, sacada del libro Cercanía de Lezama Lima (1986) de Carlos Espinosa Domínguez. En la lista se podía apreciar claramente que no se publicó a Lezama en Cuba durante ese tiempo; sin embargo, su novela Paradiso se publicaba en varias ciudades de Europa y Estados Unidos, además de otras publicaciones de obras suyas que hablaban del reconocimiento en ascenso del escritor.

La obra se pudo llevar a cabo gracias al compromiso que asumió el director de la Casa Museo que se mostró entusiasta con el proyecto, a pesar de tratarse de un tipo de obra diferente a lo que el lugar acogía usualmente. La justificación que dio el director a sus jefes cuando presentó el proyecto, fue que la pintura con que ya tocaba pintar las paredes de las galerías, y que se encontraba en almacenes aún, se podía dar luego de acabada la muestra para tapar el grafiti, que se hizo sobre una pared descascarada que recordaba a las de la calle.

Es uno de los trabajos que más he disfrutado hacer. Mis recursos eran escasos para producir la obra, aunque suficientes. Lo más complejo para mí fue liderar con la incertidumbre de que aprobaran hacer el proyecto o no. En ocasiones pensé que iba a perder totalmente la posibilidad de exponer porque no presenté nunca una segunda propuesta; me concentré en apostar solo por esa y ello implicaba un riesgo. Afortunadamente se pudo llevar a cabo. Tuve la satisfacción de poder hacer un homenaje simple a Lezama, aprovechando una estética que aparentemente nada tiene que ver con su obra ni con la visualidad propia del universo literario en época del autor. Tuve suerte y aproveché ese momento lo mejor que pude.

Epílogo

Terminando de escribir este trabajo no puedo evitar sentir que he cometido más de una omisión. Esto es lo que sucede cuando se habla de un fenómeno cultural complejo, en un contexto complejo como el cubano, en que ha habido poco trabajo de historiar y testimoniar las peculiaridades y naturalezas de una práctica artística como el grafiti en Cuba.

Me vienen a la mente varios nombres de la época en que estuve atendiendo de cerca el tema: 2+2=5, Almost, AGK (que fue pionero del movimiento desde inicios de los años 2000), Fulana, Azul, 1923, Taiko, y debe haber muchos más, pero no los he podido conocer y ya no vivo en Cuba. Lamento mucho no haber podido hacer un trabajo más abarcador, pero he intentado en estas letras compartir mi vivencia del grafiti en La Habana desde dentro, en una época determinada. Esta es también una historia sobre mi relación con las artes visuales en general, mis entusiasmos, mis contradicciones y mis cambios de rumbo. Ojalá haya valido la pena vivir todo eso y resulte que tengo algo importante que decir al respecto.      


[1] Nicholas Ganz. Graffiti. Arte urbano de los cinco continentes. Editorial Gustavo Gili, S. L. 2004.

[2] No revelaré nombres oficiales de grafiteros porque según la ética Old School la identidad de un artista urbano se debe mantener protegida, pues podrían verse involucrados en algún problema con las autoridades. Es cierto que actualmente muchos artistas urbanos de La Habana exhiben su identidad sin ningún conflicto, pero ha sido decisión de ellos y así debe ser.   

[3] http://sopadecabilla.blogspot.com/2011/06/historia-del-grupo-de-artistas-cubanos.html