Dulce María Loynaz: Carta sobre la Academia cubana de la lengua / ‘¿Cuántos que recibieron con palmas al nuevo caudillo no se marcharon después?’

Archivo | Autores | 27 de marzo de 2024
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La Habana, octubre 1981


Hace algo más de un año, tal vez dos, apareció en el dicho semanario una entrevista hecha en Madrid por Nicolás Guillen a Dámaso Alonso, Director de la Real Academia de la Lengua Española. En ella, a una pregunta de Don Dámaso, respondió Guillén que la Academia Cubana de la Lengua era ya como si no existiera, que a la caída de la dictadura, sus miembros se habían puesto en fuga, etc., etc.

Esta ofensa gratuita hecha por alguien a quien nunca y en ninguna forma nosotros habíamos agraviado, pegaba (sic) además de injusta y mentirosa.

Cierto que algunos de nuestros miembros se marcharon del país, no a la caída de la dictadura, pues no tenían ningún vínculo vergonzoso con ella, pero sí al cabo de algún tiempo por distintas razones, entre ellas, sin duda, la de no estar de acuerdo con el régimen imperante.

Ahora bien: ¿Cuántos que recibieron con palmas al nuevo caudillo no se marcharon después?

¿Cuántos que llegaron al Poder con sus huestes, lo abandonaron luego por la razón que fuese?

¿Cuántos lo siguen abandonando todavía?

La condición de fugitivos, téngase o no por deshonrosa, no fue exclusiva de aquellos miembros de la Academia, que tampoco fueron todos como el Sr. Guillén parece maliciosamente dar a entender

Aquí quedamos unos cuantos que nos hemos esforzado en cumplir nuestra misión lo mejor posible, y cumplirla en las condiciones más precarias, condiciones que creo no se le han impuesto a las demás instituciones que se han creado luego en el país.

Todas las Academias de la Lengua en el mundo, perciben una subvención del Estado, poseen un local propio para celebrar sus sesiones, acceso a las publicaciones para difundir sus trabajos y demás actividades propias de las mismas: la Academia Cubana, ha sido privada de esos derechos.

Fue una medida de orden general entonces, por la cual desaparecían muchas corporaciones de gran prestigio y antigüedad como el Ateneo de La Habana, la Sociedad Económica de Amigos del País, el Lyceum, etc., pero he aquí que nosotros permanecimos. Sin casa, sin subsidio, sin voz pública, sin nada… Pero subsistimos, y ése ha sido nuestro pecado.

Por esa razón, yo me vi obligada a dar albergue en mi casa a la desposeída cuanto honorable corporación.

Por la misma causa, al revés de lo que sucede en las demás Academias similares del mundo, nosotros no recibimos retribución alguna por nuestro trabajo, sino que por el contrario, pagamos por trabajar, pues cada uno contribuye con una modesta suma para cubrir sus pequeños pero imprescindibles gastos, papel, sellos, auxiliar de secretaria y demás.

Ya se comprenderá que ésta es una labor casi heroica, llevada a cabo como quien dice, en el anonimato, que no reporta ninguna prebenda ni beneficio material a los que la ejercen, ni siquiera la de la comprensión y gratitud de sus coterráneos.

En líneas generales no hay que culparlos, puesto que en su mayor parte, éstos nos desconocen.

Pero Nicolás Guillén no nos desconoce, ni nos desconoce la revista Bohemia, ni menos el Sr. Don Dámaso Alonso, con cuya Academia por él dirigida estamos en constante correspondencia, ya sea evacuando consultas sobre problemas lingüísticos hispano­ americanos, ya sea dándole cuenta de nuestros pasos difíciles, pero infatigables por el mundo del idioma.

Luego, la imputación del Sr. Guillén fue, como dije, ofensiva e injustificada, y el silencio de Don Dámaso, que no lo refutó ni siquiera suavemente, así como el de la revista que también lo dejó pasar, y aún más, se abstuvo de publicar la carta —aclaración, que en términos muy dignos y mesurados— como es su estilo, le envió el Director doctor Dihigo, nos dolieron más que la ofensa de Guillén y desde entonces no he hecho yo otra cosa que sentarme a la puerta de mi tienda a ver pasar el cadáver de mi enemigo.

Y en efecto, llegó mi hora en ese inocente ruego de la gentil Nidia, amiga mía desde hace años; las “Palabras cruzadas” para Bohemia.

De ese modo, en la misma revista que dio publicidad al infundio de Guillén, doy fe de vida de la negada Academia: en la misma revista que (no) nos quiso publicar la carta aclaratoria de nuestro Director, publico yo que en la Academia se trabaja: y por último me doy el gusto de poner en ridículo al Sr. Guillén que todavía a los ochenta años hace versos de amor y no cesa de estar abrumándonos a todos con su verborrea senil y al parecer, incontenible.

Por supuesto, Nidia no sabía nada de mi propósito; se limitó a suprimir algunas cositas —como el final del párrafo que daba término a la entrevista, que decía originalmente y sobre todo realizarla en paz— y el resto pasó muy bien.

Ya se comprenderá que, a estas alturas, yo no tenía necesidad de publicidad ninguna, ni me importaba otra cosa que realizar con ella mi pequeña venganza, aunque tal vez no se deba llamar venganza a poner las cosas en su lugar.

Para Aldo Martínez Malo, que quiere saberlo todo.

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(*) Publicación fuente: Cartas que no se extraviaron. Pinar del Río, Ediciones Loynaz, 2016, pp.140-142.