William Navarrete: Entrevista a Ani Mestre, hija del empresario cubano Goar Mestre

DD.HH. | 29 de mayo de 2024
©La familia Mestre en La Habana / Cortesía de la entrevistada

Quien me habló de Ani Mestre fue Margarita Larrinaga. Ambas estudiaron juntas en el colegio del Sagrado Corazón de La Habana en la década de 1950 y a pesar de que viven muy lejos, la primera en Buenos Aires, la segunda en Madrid, se han mantenido en contacto durante todas estas seis décadas de exilio.

Enseguida supe que Ani era hija de Goar Mestre, un nombre que para los cubanos de hoy no debe significar mucho, pero que para los de la Cuba libre de ayer y conocedores de la historia de la Isla quiere decir mucho. Y es que Goar Mestre, junto a sus hermanos Abel y Luis, fue uno de los empresarios más prósperos de la Cuba de los años 1950, propietario de unas 25 empresas valoradas en más de 30 millones de dólares estadounidenses de la época, entre las que figuraban la publicitaria Mestre, Conill y Cia, la productora de alimentos Bestov Product, la fábrica de conservas Productos Alimentor de Cuba, la agencia Vaillant Motors S.A, el comercio de venta a plazos Televisión y Aire Acondicionado S.A, una planta procesadora de kenaf, la Compañía Farmacéutica Mestre S.A, el edificio Focsa en El Vedado, sin olvidar lo que en realidad hacía del consorcio familiar uno de los más prestigiosos de Cuba, el Circuito CMQ S.A, con los canales 6 y 7 de televisión y las radioemisoras Radio Reloj, Radio Universal, CMBF Onda Musical, e incluso el cine Radiocentro, que luego llamaron Yara. Todo un imperio que montó casi desde cero gracias a su talento como inversionista y que el castrismo se encargó de nacionalizar sin indemnizaciones en 1960. Y de desbaratarlo.

Ani Mestre vive desde hace 64 años en Argentina, y a pesar de todo el tiempo transcurrido y de haber llegado de niña a Buenos Aires, hace todo lo posible por mantener sus raíces cubanas y de inculcarlas a sus hijos y nietos. Va a presentar el próximo 13 de junio su último libro de poesía en Madrid y es una buena ocasión para que nos cuente todo lo que ha sido su vida desde que vio la luz en La Habana hace 73 años.

Como a todos los entrevistados te va a tocar contarnos algo de tus orígenes familiares y de tus primeros años de vida en Cuba.

―Mi infancia fue, como se espera que sea cualquier infancia en el trópico, la más feliz de todas. Cuando veo la de mis hijos y nietos en un país donde el invierno es rudo, me digo que fue un auténtico privilegio y una bendición haber nacido en Cuba y poder corretear descalza el año entero por las playas y jardines, sin preocuparnos de que pronto el invierno llegaría. 

Nací en La Habana en 1950. Mi padre, Goar Mestre Espinosa, nació en Santiago de Cuba, en 1912, hijo también de santiagueros que decidieron ponerle ese nombre poco corriente y que corresponde al de un santo germánico nacido a orillas del río Rhin. Mi abuelo paterno, Luis Mestre Díaz, tenía la droguería Mestre y Espinosa, muy próspera en Santiago de Cuba, que era a su vez distribuidora de medicamentos en toda la Isla. Había comenzado con una farmacia en el pueblo oriental de Palma Soriano. Mi abuela Mercedes Espinosa era hija de Prisciliano Espinosa, quien había sido alcalde de Santiago de Cuba y socio de su yerno. No los conocí pues fallecieron antes de mi nacimiento, pero tuve una abuela de sustitución, Esperanza Espinosa de Fiol, hermana de mi abuela paterna, que ocupó el lugar de la madre de mi padre. Esperanza escribía poesía y creo que debo a ella la influencia en este ámbito.

Mi madre, Alicia Martín Ortalda, era argentina. Y como muchos argentinos, hija de un español y de una italiana. A mis abuelos maternos no los vi mucho antes de los 10 años de edad, pues vivimos en Cuba hasta 1960 y ellos estaban en Buenos Aires. Fue así como se conocieron y como comenzó el noviazgo, aunque mi padre decidió dejar de trabajar para la empresa estadounidense y regresar a Cuba para fundar una representación de marcas en la Isla. La primera fue la marca Kresto que fabricaba chocolate en polvo que empezó a fabricarse en el país, aunque otras que él también representó luego solo se envasaban como algunos productos de Kolynos, Jello, Gerber Foods, etc. Mi padre había estudiado Business Administration en la Universidad de Yale y era la razón por la que lo habían enviado a la capital argentina.

―¿Fue entonces, después de casarse con su novia argentina, que Goar Mestre empezó en el giro de los medios de comunicación?

―Mi padre fue un visionario que descubrió el marketing antes de que esta disciplina se estudiara y desarrollara. En un momento de su vida se dio cuenta de que la mayoría de los anuncios que pasaban en la radio cubana era él quien los pagaba para dar publicidad a los productos que distribuía. Fue el empresario mexicano Emilio Azcárraga Milmo, el futuro propietario de Televisa, quien le sugirió en 1943, durante una visita de mi padre a México, que comprara CMQ Radio. Cuando le dijo que no estaba a la venta, Azcárraga le dijo que todo estaba en venta, que hiciera una oferta y que él mismo se convertiría en su asociado poniendo parte del dinero. Todo esto antes de descubrir, durante un viaje a Estados Unidos, el invento de la televisión, de la que también fue un precursor en Cuba.

Cuando mi padre regresó a Cuba desde Argentina estuvo como dos años sin volver a ver a mi madre, al cabo de los cuales, ella viajó a Nueva York, pues había postulado como profesora para enseñar en la Universidad Vassar, y había obtenido el puesto. Hizo la travesía en barco Buenos Aires-Nueva Orleans, y antes de terminar en Nueva York, se encontró con Goar en La Habana y juntos fueron a Santiago de Cuba invitados por mi abuela, el 2 de septiembre de 1939, el mismo día en que estalló la Segunda Guerra Mundial. Mi madre se enamoró de Cuba y poco después, en junio de 1940, se casó con mi padre.

―¿Qué recuerdos tienes de tus 10 años de vida en Cuba?

―Vivíamos en la avenida 21, entre 150 y 160 del Country Club o reparto Biltmore. Nuestra casa y la de mis tíos Abel y Luis colindaban y se comunicaban por detrás, a través de los jardines. Estudié en el colegio del Sagrado Corazón que quedaba en lo que después se convirtió en la Escuela de Medicina, en ese mismo reparto. Como es lógico, habiendo salido de a los 10 años de edad y viviendo el resto de mi vida en Argentina uno de mis problemas era el de mi identidad, pues como decía Facundo Cabral no era ni de aquí ni de allá. Ese problema pude resolverlo después, regresando a la Isla de visita, y descubriendo que finalmente era de los dos lados. Y algo que ahora digo con tanta facilidad, me costó en realidad años solucionarlo.

―¿En qué momento tus padres deciden que tienen que dejar la Isla y exiliarse?

―Como mi madre era argentina, el problema de a dónde ir estaba resuelto. Nuestra salida fue traumática porque en realidad tuvimos que huir prácticamente. En la cadena CMQ el periodista Luis Conte Agüero, que animaba un programa de actualidad política, había pedido a mi padre y sus hermanos los micrófonos para desenmascarar el giro ideológico que estaba tomando el Gobierno. Eso sucedió a finales marzo de 1960, y los Mestre aceptaron pues, en definitiva, sospechaban que poco tiempo les quedaba sin que les confiscaran el circuito de radio y televisión. Sucedió que las turbas de manifestantes contra Conte Agüero bloquearon los accesos a la emisora y este tuvo que leer su carta dirigida a Fidel Castro en otra emisora. Pero la suerte estaba echada, y a sabiendas de que una orden de arresto contra él no tardaría en llegar, mi padre decidió escapar de la Isla junto a mis dos hermanos, Roberto y Eduardo, el 25 de marzo, antes de que fuera demasiado tarde. Mi madre, mi hermana Alicia y yo salimos dos días después, el 27 de marzo de ese mismo año. 

Recuerdo que mi madre fue al banco para vaciar las cuentas, pero un empleado la vio y la denunció. Mi padre le había encargado que hiciera cheques para saldar pagos pendientes sin saber que las cuentas habían sido congeladas, algo que habían hecho justamente para tener elementos que les permitieran acusarles, ya que era un delito entregar cheques sin fondos. Yo era una niña, y me mantenían ajena a todo esto, pero la profesora de Francés me había dicho que lo que estaba ocurriendo en Cuba era similar a lo que ya había pasado en Europa. Entonces me sugirió que recorriera bien toda mi casa para que me la grabara bien en la memoria y pudiera recordarla siempre ya que nuestra salida del país era inevitable. Recuerdo que me disgusté con ella y protesté, pues no podía imaginar que algo así pudiera suceder. ¡Y sucedió! Salimos casi huyendo, por los jardines traseros que daban para los de la casa de mi tío Luis Augusto, evitando el grupo de milicianos revolucionarios que habían colocado delante de la nuestra para vigilarnos. 

―¿Cómo fueron tus primeros años de vida fuera de Cuba, la continuación de tu escolaridad? 

―La transición fue fácil en la teoría, pero no en la práctica. Fue fácil porque existía una tradición según la cual cualquier alumna que viniera de un colegio del Sagrado Corazón podía entrar inmediatamente en otro similar en cualquier sitio. Al llegar a Buenos Aires la monja directora del de esta ciudad dijo: “Para una alumna que viene de este colegio hay siempre espacio”. Lo difícil fue el resto, pues me sentía rara, no tenía el mismo acento que las demás alumnas, era la única extranjera. Esta monja, por cierto, terminó misionando en la década de 1970 en Holguín, Cuba, aunque no de manera oficial pues la religión estaba prohibida entonces en la Isla.

Mis hermanos varones, que habían salido de Cuba con mi padre, estaban de pupilos cerca de Nueva York y mi hermana también. Mi madre, mi padre y yo nos instalamos en Buenos Aires, en donde vivimos primero en un hotel venido a menos, el Alvear, en el centro de la ciudad. Para mí, acostumbrada en la década de 1950 a la modernidad de La Habana, Argentina me pareció otro mundo. En Cuba, por ejemplo, mi colegio tenía autobuses amplios y modernos, mientras que en Buenos Aires nos recogían en una camioneta en la que las alumnas teníamos que apretarnos para caber. Y ni hablar de la ciudad, en la que apenas había semáforos y que carecía de las infraestructuras fabulosas que entonces tenía la capital cubana.

Solo estuve tres meses porque inmediatamente nos fuimos a Nueva York por unos días, pero mi hermano Roberto enfermó y tuvimos que quedarnos ese verano a la espera de que se curara. En la Gran Manzana experimenté mi primera lección de austeridad porque durante nuestra estancia no disponíamos de suficiente dinero para mantenernos. Mi padre viajaba por negocios constantemente y mi hermano mayor se enfermó de los riñones y nuestras economías mermaban con su hospitalización. Recuerdo que cuando mi madre veía cupones que anunciaban rebajas en los periódicos y revistas los recortaba y gracias a esto las tres podíamos comprarnos vestidos por el precio de uno. Al final, cuando mi hermano se curó, en septiembre de 1960, regresamos a Buenos Aires mis padres y yo, mientras que mis tres hermanos volvieron a sus colegios estadounidenses.

―Pero tengo entendido que tu padre enseguida fundó un canal de televisión en Argentina.

―En efecto. Mi padre utilizó el poco dinero que pudo salvar de Cuba para fundar el canal 13 de televisión en Buenos Aires. En 1959, los Mestre habían vendido por 20 millones de dólares un porcentaje de su CMQ cubana a la gran cadena estadounidense CBS. Cuando mi padre se reunió con Fidel Castro en febrero de 1959 se dio cuenta inmediatamente de que todo lo de Cuba se iría a pique. Es por eso, por honestidad y porque siempre dijo que no se podía hacer negocio con alguien sabiendo que a ese alguien le iría mal, que decidió informar a los compradores estadounidenses del error que cometerían si compraban el porcentaje acordado del consorcio familiar. Pero al mismo tiempo, gracias a esa prueba de ética y honestidad, esos mismos estadounidenses le concedieron luego el préstamo para que pudiera abrir su canal 13 o Proartel en Argentina, en octubre de 1960.

Mi padre creó no solo un canal, sino que hizo escuela. Tuvo una manera de enfocar la televisión muy propia, e incluso, al principio, trajo a Buenos Aires a muchos de sus técnicos cubanos. En estos inicios creo que ellos y nosotros formábamos las únicas familias cubanas en Argentina. Pero en julio de 1974, el gobierno de María Estela Martínez de Perón, conocida como Isabel Perón, quien aún vive en las afueras de Madrid, le estatizó o nacionalizó el canal (el canal 9 y el 11 también), así como de los bienes inmuebles, pretextando la caducidad de las licencias. Lo mismo hizo el gobierno del general Juan Velasco Alvarado en Perú, con el canal en que mi padre tenía partes de acciones, pues estableció la censura y confiscó toda la radio, prensa y televisión del país. Resulta que sufrió dos nuevas expropiaciones, lo que prueba que en aquella época los gobiernos les temían a los medios de comunicación, cosa que hoy en día ya no sucede gracias a las redes sociales. Estas dos nacionalizaciones no fueron como las de Cuba, por supuesto. En Argentina y Perú pagaron al menos. Los que les dio la gana, pero pagaron.

―¿Y retomaste tus estudios? ¿En qué te desempeñaste?

―Estudié un año en Inglaterra en 1969. En 1970 ingresé en la Universidad para cursar Periodismo. Durante mucho tiempo fui productora del canal de mi padre, aunque empecé de cero y trabajé un año entero sin sueldo aprendiéndolo todo y pasando por cada departamento. Me casé en 1972. Después de la nacionalización del canal empecé a trabajar en la COAS (Cooperadora de Acción Social), una organización que se ocupaba de ayudar a los hospitales públicos. Con la COAS organizaba grandes ferias, como la Feria de las Naciones, y podíamos importar artículos sin aranceles para hacer colectas de fondos. Viajábamos a China y a muchos otros países. A la vez, vendí muebles de decoración para mayoristas y también trabajé con la compañía del circo Ringling Bros que montaba una gran feria espacial en diferentes lugares de América Latina. Una locura. Tuve, entre tanto, a mis tres hijos, que me han dado ocho nietos.

©Mestre en Santiago de Cuba en 1997 / Cortesía

―Y has vuelto a Cuba, ya dijiste.

―He hecho cuatro viajes a Cuba. Como dije, no solo quería volver a ver los sitios de mi infancia, sino que deseaba resolver el problema de mi identidad. El primer viaje lo realicé en 1984 junto a mi madre, mi hermana, mi cuñado y mi esposo. En esa ocasión pude viajar con pasaporte argentino y considero que fue lo más importante que me ha pasado en la vida, pues representó el reencuentro con todo lo que había dejado atrás. Mis padres, cuando tuvieron que salir de la Isla, habían pasado la página. Tal vez porque en 1960, en Argentina, vivíamos lejos, contrariamente a mis primos y tíos en el sur de Florida, pudimos decir que en lo adelante nuestro presente y futuro era exclusivamente Buenos Aires. Nuestros familiares en Miami transformaron toda una ciudad a la que llegaban por miles los exiliados cubanos, nosotros en Argentina no teníamos nada que transformar, a excepción de transformarnos nosotros mismos y de adaptarnos para sobrevivir.

―Cuéntanos de esos viajes a Cuba y tus impresiones.

―En 1984, como dije, fuimos todos, excepto mi padre que no deseaba regresar a la Isla, como tampoco quiso hacerlo Roberto, mi hermano mayor. Mi madre, antes del viaje, dejó bien claro al embajador que viajábamos de manera anónima, y que no deseaba que nos utilizaran políticamente. Me di cuenta, una vez en La Habana, de la amabilidad de la gente y de la llaneza del cubano que, a diferencia del argentino, es muy directo en el trato. Por supuesto, fui a ver nuestra casa en el Country Club, al oeste de la ciudad, ocupada desde que nos fuimos por la Embajada de Portugal. En realidad, cuando nos fuimos en 1960 la secretaria de mi padre se movió muy rápido para alquilarla inmediatamente al embajador de este país, de modo que, al mismo tiempo que nosotros salíamos, el embajador colocaba en la entrada el escudo lusitano. Esto evitó que durante el acto de confiscación las turbas revolucionaran la allanaran y rompieran todo. Al parecer nuestros muebles se habían conservado intactos hasta poco antes de mi primer viaje. Aunque los de mi cuarto sí que estaban todavía en 1984. Hoy en día, sigue siendo la residencia del embajador de Portugal y, cosa curiosa, queda casi en frente a la de Argentina.

Luego volví en 1997 cuando ya había fallecido mi padre y con pasaporte cubano pues cambiaron la ley y ya no nos dejaban viajar con el argentino. Quise que mis hijos conocieran el país de su abuelo, pues él había sido una persona clave en sus vidas. Aquel viajé de rescate de la cubanía de mi padre lo hice con casi todo el clan de los Mestre presente, con mi hermana, mi cuñado, mis sobrinos, mis tres hijos y primos. Éramos unos 15. A todos les cautivó Cuba, quiero decir, el paisaje, el trato, el clima, las playas, el cariño de su gente. Fruto de estos dos viajes fue mi primer libro, Mis tres adioses a Cuba, que publiqué en las ediciones Universal de Miami, dirigidas por Juan Manuel Salvat, y gracias a Luis Aguilar León, el esposo de mi prima Vera Mestre Mascaró. Recuerdo que el propio Luis Aguilar, a quien todos llaman “Lundi”, se enojó con nosotros cuando se enteró de que habíamos ido a Cuba en 1984. Cuando escribí este libro, después del segundo viaje, hice que leyera el manuscrito para que entendiera todas mis razones. Y lo entendió realmente porque fue él mismo quien me puso en contacto con Salvat, su editor, para que lo publicara.

El tercer viaje tuvo justamente que ver con “Lundi”, quien había fallecido en Miami, en 2008. Mi prima Vera Mestre, su esposa, tenía entonces 79 años, y me dijo que su sueño era volver a su tierra tras 50 años de exilio. Entonces lo arreglamos todo y viajamos en 2010 con mi hermana Alicia, que era su ahijada. Finalmente, el último viaje tuvo lugar en 2015, cuando las cosas parecían arreglarse tras la visita de Barack Obama a La Habana y que el país había restablecido relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Este viaje lo hice porque mi amiga Flavia Campili, que trabajaba en Cuba para Telecom durante mi segundo viaje, me lo propuso. Fue ella quien insistió para que fuéramos a la Bienal de La Habana. 

―Has escrito varios libros de poesía. ¿Qué planes tienes en lo inmediato?

―He publicado cuatro libros de poesía: 44 poemasEntrevocesDormir en el medio y, recientemente, Desvelos, en septiembre de 2023. Este último fue publicado también por la editorial española Kalathos y lo presentaré en Madrid, en el bar de libros Olavide, que se encuentra en la calle Olid, N° 14, del barrio Chamberí, el jueves 13 de junio próximo a las 19 horas. 

Si me lo permites quisiera terminar esta entrevista con algo inusual: uno de los poemas de tu último libro. Se trata de A cuestas, dedicado a una amiga común, la cienfueguera y argentina Claribel Terré Morell, porque ahí compartes sentimientos que expresan muy bien lo que significa seguir sintiéndose cubano en Buenos Aires.

Qué nos une de esta

nacionalidad, amiga mía

una insularidad natal

incomprendida aquí

donde el mar es pampa llana

y las palabras viborean

en lugar de nuestra incisiva

y desnuda flecha recta.

Creciste con la nueva trova

de azules unicornios

yo con la añoranza de Chirino y Celia

un padre a quien Cuba

se le hacía congoja

en la voz y un carraspeo

de pena en la garganta

Para el tuyo, un sueño

en balas de revolución 

y en común, poco más

que el son y una bandera

Cuando tú soñabas con irte

Yo soñaba con volver

Ya la esperanza carcomida

hoy seguimos las dos

Con nuestra Cuba a cuestas.

Publicación fuente ‘Cubanet’